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¿Puedes ser, tan solo, resistencia al cambio? (#113)

Tal vez no sea la única que ha oído o leído, cantidad de veces, que “Cambiar no es nada fácil”. Es más, aunque cambiemos a mejor, que es lo que se pretende casi siempre, nos cuesta mucho.

Esta semana entramos en la cuarta y última semana del proyecto #RompiendoMoldes. Poco a poco las cosas han ido aflorando y entre todos hemos conseguido ir encauzándolas. Uno de los objetivos principales del proyecto es terminar de encajar y adaptar una serie de cambios que se están produciendo a lo largo de este año en un equipo en concreto dentro de una mediana-gran organización de servicios. En esta ocasión, también, nos hemos encontrado que aparentemente hay temas que nos da la sensación que con los  cambios no van a ir a mejor, sobre todo visto a nivel personal o como suele pasar, si lo comparamos con el pasado.

¿Puede ser, tan solo,  resistencia al cambio?.

Dando vueltas a algunos asuntos que han surgido durante este proyecto, en mi paseo matutino de hoy, me ha venido a la memoria un recuerdo un tanto anecdótico pero real que viví cuando era muy pequeña. Una vez más, tengo al mar de asesor y coach personal y eso que esta vez estoy siendo infiel “al cantábrico” y las circunstancias han hecho que le cambie por “el mediterráneo”.

Eran finales de los años 60 o comienzo de los 70, no me acuerdo bien. Por entonces, la vida era muy distinta a la actual, anda que no hemos cambiado en 40-45 años. Yo vivía en el mismo barrio en el que vivo de nuevo, pero el entorno no tiene nada que ver a cómo esta ahora. Mis padres eran de los pocos jóvenes, de aquella época, que se animaron a promover, entre una  comunidad de futuros vecinos, un barrio de casas de obreros. Esto hizo que nos fuésemos a vivir al final de lo que entonces era el  pueblo y alrededor teníamos tan solo campo y fabricas. Hoy sin embargo estamos en el centro geométrico de Zarautz.

Por aquella época en los pueblos de la costa del País Vasco, se trabajaba “la recogida de algas”. Era un trabajo bastante duro que se pagaba muy mal, ya que había que secarlas antes de venderlas. El motivo principal es que así pesaban mucho menos, por lo que les pagaban poco por mucho. Por los motivos anteriores, era muy normal que viniesen caravanas del sur, con familias de raza gitana. El campamento lo montaban en los campos de alrededor de mi casa, y venían a primeros de septiembre y se tiraban un par de meses con nosotros. Generalmente venían las mismas familias, por lo que nos conocíamos y se integraban bastante bien con la gente del barrio, sobre todo los niños que compartíamos juegos y merienda en el barrio; donde antes tan solo había arboles y barro hoy tenemos una urbanización, con parque infantil, pista de balonmano, baloncesto, etc.

Había una familia con muchos churumbeles, no me acuerdo el nombre de la mujer, pero la voy a llamar la señora María, nombre que asocio en mis recuerdos. La señora María, compartía su sueño con las vecinas del barrio de que si le tocaba la lotería, ella lo tenía muy claro, viviría en nuestro barrio, ya que se sentía muy a gusto la temporada que convivía con nosotros. Mira por donde, su sueño se hizo realidad y un año vino con la noticia de que le había tocado la lotería.  Dicho y hecho, se arremango y se compro uno de los pocos pisos que por entonces estaba a la venta.

Bueno, seguro que alguno ya estará pensando: Vale! y a mi qué. A cuento de qué viene toda esta historia.

Pues esta historia viene a cuento de la no adaptación al cambio, aun siendo este hipotéticamente a mucho mejor, con el que de vez en cuanto algunas personas se encuentran.

Resulta que la señora María tuvo un gran problema con “sus churumbeles”, unos cuantos por cierto, no recuerdo exactamente cuantos. Si, la mujer estaba toda feliz con su piso de tres habitaciones, cocina, comedor, baño y terraza, o sea, el palacete de sus sueños pero: “Sus churumbeles se le asfixiaban por la noche hasta el punto que tenían que dormir en la terraza”.

autocaravanaDe verdad, lo que os cuento es real como la vida misma, los niños se pusieron muy malitos, como decía ella: “Por la noche se asfixian por falta de oxigeno”. Esta claro que el problema realmente no era ese, pero los niños no se adaptaban al cambio y eso que, en teoría vivían en “un palacete” para su madre. Un palacete en el que ellos se encontraban fatal. No llego al año, cuando la señora María, mujer y madre valiente, tuvo que tomar otra gran decisión. Opto por una solución intermedia, vendió “su palacete” para comprarse un auto, una caravana y una parcelita en su tierra,  Andalucía. No comento nada de su marido, ya que como los hombres madrugaban y se iban muy temprano a la tarea para volver bastante tarde. No me gustaría saber cuales fueron los comentarios que seguro le toco aguantar a la señora María, simple intuición, nada más.

Eso si, cada vez que nos volvían a visitar en la temporada siguiente, entre el resto de caravanas tiradas por caballos, allí que estaban ellos con su autocaravana reluciente y toda la familia tan felices.

Si señores, en ocasiones nos empeñamos en que hay que cambiar y nos olvidamos de que la gestión del cambio no es nada fácil. Como en el caso anterior, no debemos de pasar por alto la cultura, tanto de la organización como de las personas que son parte de ella. Siempre nos vamos a encontrar distintos niveles de resistencia al cambio y debemos de tratarlos y analizarlos tanto a nivel organizacional como a nivel individual, siempre que se pueda.

No debemos de descartar que, en ocasiones, tal vez tengamos que pivotar o moderar el cambio, según la reacción de las personas. Como bien sabemos todos, no hay recetas para la gestión del cambio pero si tenemos que ir buscando distintas soluciones o adaptaciones a las dificultades que nos vayamos encontrando. Busquemos aquellas que sean beneficiosas tanto para la organización como para el colectivo de personas que se van a ver afectadas. No nos olvidemos de posibles soluciones intermedias, tal vez tan solo para algunas de las personas, ¿por qué no?.

Así que compis, ánimo que esto va muy bien, con todas las fricciones y problemas que ya os han ido apareciendo e incluso con los que os quedan por llegar.  Ya lo decía  el Emperador Marco Aurelio:

“La sabiduría es el arte de aceptar aquello que no puede ser cambiado, de cambiar aquello que puede ser cambiado y, sobre todo, de conocer la diferencia.”

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